El maestro da grima. Carta abierta a Pérez- Reverte

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Estimado Sr. Pérez-Reverte (fórmula de cortesía, admito que nada sincera).

Leí hace unos días su artículo titulado Mujeres como las de antes. Internet es una caja de sorpresas y nos ha recuperado este incunable que luce orgulloso en su web. Estaba convencida de que tanto cúmulo de despropósito sería debido a un fake, el mismo por el que le asignaron hace tiempo el artículo de Españoles ¿sois idiotas? Pero la idiota fue yo al concederle ese voto de confianza a un respeto y sapiencia que brilla por su ausencia. Aunque hace unos años del escrito, como parece que el machismo no pasa de moda, me he parado unos momentos para reflexionar sobre él.

Su artículo o apología del machismo rancio sí parece escrito por hombres como los de antes, esos que casi creía extinguidos y que gracias a usted he caído en la cuenta de la dura lucha que nos queda a las mujeres de ahora para conseguir esa igualdad por la que luchamos y el respeto que merecemos.

Ya no quedan mujeres como las de antes. En el aspecto al que usted alude, existen. A no ser que tenga usted datos destinados únicamente a personas de su insigne categoría intelectual, creo que ni los avances de la tecnología, ni la capa de ozono, ni el deshielo de los polos ni los pesticidas presentes en la comida actual han exterminado la belleza y la elegancia femenina. La realidad es que yo tampoco me cruzo con Idris Elba en el metro ni con Santiago Auserón cuando paso frente al Hotel Palace. No por ello deduzco que son avatares.

Ya no quedan mujeres como las de antes. Afortunadamente, en otros aspectos cada vez existen menos. Mujeres en la cocina con la pata quebrada. Mujeres que necesitan a los hombres para dar sentido a su vida. Mujeres destinadas a ser adornos mientras dure la frugal belleza.

Sus modelos de mujeres son realmente simplones. Creí que nombraría a Marie Curie, Rosalind Franklin, Clara Campoamor, Rosalía de Castro… Pero sus gustos por el sexo contrario parecen no tener en cuenta el plano intelectual, algo curioso para un escritor. Incluso echo de menos que no haya nombrado a Hedy Lamarr, esa actriz de belleza sublime pero a la que nadie tomaba en serio precisamente por esa razón y cuyas ideas podrían haber dado un giro distinto a la segunda guerra mundial y a la que debemos en parte que yo lea a través de la red su artículo insultante.

Mujeres como las de antes. Es curioso que aúlle ante la simple mención de Ava Gardner. Escultural sí. También alcohólica, adicta al sexo y, por tanto, dependiente de los hombres, atormentada cuando perdió su belleza… Esa mujer tan elegante que tenía por costumbre mear en los vestíbulos de los hoteles.

Vayamos al grano. Siguen existiendo mujeres bellas. Lo que usted desprecia son las mujeres gordas y feas. Las mujeres que usan tacones porque les gusta aunque no tengan andares felinos o las que los llevan si les apetece pero no están dispuestas a destrozar su anatomía por una simple cuestión estética (y para eso hay que tener mucha personalidad). Porque ese ideal de belleza al que usted alude exige sacrificios y padecimientos. Qué sencillo es hablar de ello cuando los sacrificios los hacen otros.

Esas siluetas gloriosas, conseguidas de modo poco natural con corsé y fajas gracias a los dioses ya no provocan desmayos ni muertes porque están extinguidas, para su desgracia. La libertad que hemos conseguido gracias a mujeres de verdad, lejos de las que usted define, se extrapola a que vestimos con lo que nos hace estar a gusto. Por desgracia aun muchas jóvenes son esclavas de las modas, de esa cosificación que machos como usted hacen de las mujeres, de esa esclavitud por la que mueren miles de jóvenes al año debido a problemas de anorexia (estará informado, creo que tiene una hija Sr. Reverte). Ese problema que hace que con veinte años se queden sin dientes debido a la acidez de los jugos gástricos que sueltan con sus vómitos, esos intestinos que llegan a estallar, esa falta de defensas que provoca que un constipado sea mortal. Todo por intentar parecerse a esos modelos que nada tienen que ver con las mujeres de verdad que la publicidad, los diseñadores y aneuronales de la sociedad exigen

Existen mujeres como las de antes. Mi madre es una de ellas. Una mujer bellísima por dentro y por fuera, que leía a oscuras mientras criaba a sus cuatro hijos y con 84 años sigue escribiendo poesías pese a no haber podido realizar el sueño de ser universitaria. Eso es tener estilo.

Entre las lindas frases con las que deleita a las mujeres que sobrepasan la talla 36/38 se encuentra focas desechas de tiento, lorzas al aire y camiseta sudada. Si usted no suda al lado del Hotel Palace en Madrid en julio, además de hablar ex cátedra pertenece a una raza treméndamente singular y digna de ser investigada en un laboratorio. Las mujeres, incluso las bellas, sudamos y roncamos. Hasta nuestros excrementos huelen mal. Sí señor, hasta en eso somos iguales que los hombres. Y olé por lucir lorzas, bravo por esa falta de complejos, por no someterse a las normas de la publicidad y la presión social, bravo por encontrarse a gusto con ellas mismas sin tener que usar un burka occidentalizado para no escandalizar a sementales como usted.

Pese a que presume de estar rodeado de mujeres hay principios básicos que no ha asimilado. Las mujeres no nos morimos por los halagos y piropos, y menos cuando son derrochados por cromañones.

Que nombre a Shakespeare y Henry James entre tanta grosería no le da cátedra intelectual. De hecho, a lo mejor a tenor de ciertas teorías Shakespeare fue una mujer (ya se sabe, en esa época las mujeres de verdad no podían escribir) y le observa ahora escandalizada desde algún lugar del universo.

Acabar con ellas de un escopetazo dictamina usted como solución a esas mujeres que no se adaptan a esa belleza idealizada de su ¿juventud no resuelta?, a las que denomina marmotas domingueras.

D. Arturo, si fuera tan maleducada como usted y aplicara sus principios, podría decir que ya no quedan hombres como los de antes. Un Cary Grant, un Paul Newman, un Marlon Brando... Y como solución final al más puro estilo de Mein Kampf quizá comenzaría por señores como usted, tan alejados de los ideales de belleza clásica (clásica, moderna o de cualquier época). Afortunadamente para el bien de la humanidad y su convivencia, muchos asimilamos que la mayoría de los habitantes de este planeta somos gente del montón.

Señor Reverte, quizá debería sacar sus neuronas de la época del Capitán Alatriste y abandonar su Patente de Tordo en un Territorio con manchas (muy oscuras).

Muchas, la mayoría, jamás vestiremos de Versace ni de Dior, ni nos lo podemos permitir ni lo necesitamos para sentirnos satisfechas con nosotras mismas. Pero si lo hiciéramos probablemente lo haríamos de Chanel (Coco), esa gran señora de carácter insufrible pero que permitió a las mujeres acceder al mundo cómodo del hombre: pantalones, zapatos planos, el pelo corto, el traje sastre. Esa sí que era mujer (uy, perdón, que era fea…).

Concha Gallén

Psicóloga&Coach (mi talla no me importa).

 

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2 pensamientos en “El maestro da grima. Carta abierta a Pérez- Reverte

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